QUÉ APORTA LA CARIDAD

 

Vicente Altaba
Delegado episcopal de Cáritas Española
Publicado en el diario LA RAZÓN, 17/04/2014

El Jueves Santo, día en que los cristianos celebramos la institución de la Eucaristía y fiesta tradicionalmente relacionada con el amor fraterno, es un día oportuno para preguntarnos qué aporta la caridad a la sociedad, ya que la Eucaristía es para nosotros, cristianos, la fuente de nuestra vida cristiana y de nuestra acción caritativa y social.

Lo primero que nos aporta la caridad es la experiencia salvadora del amor que Dios nos ofrece de manera absolutamente gratuita y radical. Dice Benedicto XVI en la encíclica Spe salvi que «el ser humano es redimido por el amor», de modo tal que cuando uno experimenta un gran amor en su vida, se trata de un momento de redención que da un nuevo sentido a su existencia.

Esto mismo lo expresaba muy bien el beato Juan Pablo II: «El hombre no puede vivir sin amor. No puede comprenderse a sí mismo, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente».  El ser humano está necesitado de amor, de amar y de ser amado. Hasta tal punto es así que esto es lo que da sentido a su existencia y lo que le hace vivir la experiencia de sentirse salvado.

Esta experiencia salvadora del amor es lo primero que nos ofrece la caridad y hace presente el sacramento de la Eucaristía. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo», dice Juan. Y esta entrega es tan absoluta y radical que en la Eucaristía se hace «Cuerpo entregado» y «Sangre derramada».  Cuerpo y sangre de una nueva y definitiva alianza de amor con toda la humanidad y cada uno de nosotros. En la Eucaristía el amor de Dios llega hasta el extremo de hacerse vida totalmente entregada por amor.

Desde esta experiencia entendemos los cristianos la caridad como respuesta al amor recibido: «Hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1Jn 4,16). El amor recibido se torna amor entregado, a imagen de Jesús, quien nos recuerda que «nadie ama más que el que da la vida». Por eso, cuantos alimentamos nuestra vida cristiana en la Eucaristía, nos unimos al acto oblativo de Jesús y hacemos en ella una ofrenda de nuestra vida al servicio de los hermanos.

Desde esta mística eucarística, en Cáritas vivimos la profunda convicción de que lo más importante en nuestro servicio de la caridad es que en él se pueda percibir el amor. Hay que dar y ayudar al otro, es verdad, pero sobre todo hay que darse, hay que dar vida, hay que dar amor. La caridad no es dar cosas, es dar amor. Sólo así el don no humilla, sino que dignifica y redime a la persona, a la que recibe y también a la que da. Sólo así el otro se sentirá salvado, porque se sentirá amado. De lo contrario, por más cosas que le demos, se sentirá despreciado y humillado. Lo primero y más importante que nos ofrece la caridad es la experiencia de sentirnos acogidos, escuchados, valorados, comprendidos, amados.

Y de esta mística eucarística surge en la Iglesia una institución como Cáritas que no es una institución más de servicios sociales, sino el servicio organizado de la caridad de la comunidad cristiana. Una Cáritas que ofrece muchos servicios a los pobres, a los más vulnerables, a los desechados de esta sociedad. Que ofrece comedores, roperos, albergues, economatos, ayudas contra los desahucios, programas de empleo, asesoramiento jurídico y muchos otros servicios, pero que lo primero que ofrece y quiere ofrecer es la memoria permanente de la dignidad de toda persona y la denuncia de esta sociedad que se ha desentendido de la primacía del ser humano y en su lugar ha puesto la idolatría del dinero, los intereses, los mercados, la especulación financiera, como denuncia Francisco en Evangelii gaudium.

En este contexto, la caridad no aporta ni quiere aportar sólo ayuda de primera asistencia. Es más, entendemos con Francisco, que «los planes asistenciales, que atienden ciertas urgencias, sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras». La caridad más allá de las ayudas puntuales y pasajeras que pueda aportar, está llamada a promover el desarrollo integral de los pobres y  a cooperar para erradicar las causas estructurales de la pobreza.

Se ha dicho, a veces, que la caridad está para adormecer conciencias, encubrir injusticias y tranquilizar a los pobres, pero nada más lejos de la realidad. La caridad está al servicio de la liberación y promoción integral de los pobres y por eso, lo primero que nos aporta en el campo social son ojos abiertos a la realidad de la pobreza y oídos bien atentos para escuchar el clamor de los excluidos, trabajar por la justicia y atender el clamor de los pueblos que demandan lo que les pertenece: el derecho a sentarse en la mesa de un desarrollo más equitativo y humano.

Volviendo los ojos a Jesús, la caridad nos hace ceñirnos la toalla, ponernos a los pies de los hermanos, lavarles los pies y sentarlos a la mesa. La caridad nos pone a los pies de los más débiles, de los más pobres e indefensos. Nos une a los que día a día son capaces de dar la vida por amor y nos pone del lado de las víctimas, a los pies de los crucificados.

Una caridad así aporta un horizonte firme de esperanza para la humanidad. Esperanza que nace del Dios en quien creemos -que no sólo nos hace cercanos sino hermanos-, del Reino cuya presencia celebramos y anunciamos -y que es opción preferencial por los pobres-, y del rostro de una Iglesia de puertas abiertas y en salida para hacer presente el amor misericordioso de Dios en todas las periferias sociales y existenciales en que el hombre de hoy se debate y juega a diario el sentido de su vida.

 

 




 
 

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