CRECIMIENTO ECONÓMICO
NO ES IGUAL A DESARROLLO SOCIAL

 

Vicente Altaba
Delegado episcopal de Cáritas Española
Publicado en Diario de Teruel el 12/05/2015

Vivimos en una cultura en la que el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo instrumental, y en la que la medida de todo parece dada por lo económico y lo técnico, como si lograr crecimiento económico y encontrar las medidas técnicas para ello fuera la solución a todos nuestros problemas.

Así resulta poco menos que imposible hacer análisis de las causas más hondas de nuestras pobrezas y nuestra realidad social pues, como dice el papa Francisco, en este contexto “lo real cede el lugar a la apariencia”.  Sin embargo, es necesario hacer análisis y descubrir las razones de lo que estamos viviendo.  A ello nos ayudan los obispos en el documento “Iglesia, servidora de los pobres” en el que analizan nuestra situación social y nos invitan a preguntarnos por los factores que la explican.

Uno de ellos, dicen, es “la cultura de lo inmediato y de la técnica” que parece haberse apoderado de la vida pública, de la vida privada, de las relaciones sociales y de las instituciones. Es la cultura del aquí y del ahora, en la que no hay espacio para la solidaridad profunda y efectiva con los otros entendida en términos de comunidad y de derechos y deberes recíprocos. En esta cultura, “incluso nos mostramos comprensivos, por no decir permisivos, con decisiones que no responden a criterios éticos”. Es más,  “la misma crisis actual no es entendida como un fenómeno de carácter moral, sino como una crisis de crecimiento…, como un problema de orden exclusivamente técnico”.

Tras este factor cultural, señalan otro de tipo antropológico y que parece previo: “la negación de la primacía del ser humano”.  Un orden económico establecido exclusivamente sobre el afán de lucro y las ansias desmedidas de dinero, sin consideración a las verdaderas necesidades del hombre, está aquejado de desequilibrios que las crisis recurrentes ponen de manifiesto. El hombre no puede ser considerado como un simple consumidor, capaz de alimentar con su voracidad creciente los intereses de una economía deshumanizada.

Hemos vivido momentos en los que “parecía que todo crecimiento económico, favorecido por la economía de mercado, lograba por sí mismo mayor inclusión social e igualdad entre todos. Pero esta opinión ha sido desmentida muchas veces por la realidad.Se impone la implantación de una economía con rostro humano”. Esto sólo es posible si logramos reconocer y afirmar la primacía del ser humano, como el valor central de toda la vida económica y social, y somos capaces de recuperar una economía basada en la ética y en el bien común por encima de los intereses individuales y egoístas.

Para ello, es necesario superar “un modelo centrado en la economía”  desde el que todo se explica y justifica. Si  la crisis se ha desencadenado entre nosotros con rapidez, ha sido en gran medida por dar prioridad a una determinada forma de economía basada exclusivamente en la lógica del crecimiento, en la convicción de que “más es igual a mejor”, lo que nos lleva a la conclusión de que es el modelo lo que está en crisis y  “es el modelo mismo el que corresponde revisar”.

Por último, y en coherencia con el factor anterior, señalan “la idolatría de la lógica mercantil”. La realidad ha puesto ante nuestros ojos la lógica económica en su dimensión idolátrica. La ideología que defiende la autonomía absoluta de los mercados y de la actividad financiera instaura una tiranía invisible que impone unilateralmente sus leyes y sus reglas. Es la tiranía idólatra de la nueva sumisión al becerro de oro. “Cuando esto sucede –dice el cardenal Blázquez- estamos ante una verdadera idolatría en la que al dinero se le rinde culto y se le ofrecen sacrificios”. Son los sacrificios de todos los seres humanos descartados, desechados y sacrificados por esa idolatría del mercado.

Todo esto lleva a la conclusión de que pobreza y desigualdad no son algo casual, dicen los obispos. Tienen unas causas que las generan y a ellas tenemos que atacar si las queremos superar. Para ello no basta el crecimiento económico. Para alcanzar la armonía y el desarrollo social, es necesario “esforzarse por vencer las causas estructurales de la desigualdad y la pobreza” y restablecer la justicia mediante la redistribución de bienes y servicios. No basta el crecimiento económico. Éste puede redundar en beneficio de unos pocos, pero sólo es indicador de verdadero desarrollo cuando contribuye a la equidad social y se traduce en mejora de condiciones de vida para todos.

 

 

 

 

 
 

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