No os dejéis robar la esperanza

 

Vicente Altaba
Delegado Episcopal de Cáritas Española
Publicado en el Diario de Teruel el 29-03-2013

Es ésta una historia sorprendente, pero real. Sucedió en una aldea pequeña, sin importancia, como todas las aldeas donde aparentemente nunca sucede nada relevante. Lo importante acontece en la capital, donde residen los grandes y se cuecen las intrigas políticas, los proyectos sociales y los movimientos renovadores. La aldea distaba once kilómetros de la capital. Su nombre era Emaús, hoy el-Qubeibeh. La capital se llamaba y sigue llamando Jerusalén.

Dos viajeros, uno de nombre Cleofás y el otro desconocido, se encaminaban aquella tarde desde Jerusalén hacia Emaús. Van cariacontecidos. Se les nota en el alma la amargura. Habían depositado muchas esperanzas, todas, en un renovador, hombre honesto y cabal, además de capaz. Con él habían imaginado un hombre nuevo, más justo y fraterno. Habían soñado una profunda renovación social. El pueblo, por fin, sería libre y los pobres, los excluidos, los marginados podrían sentarse en la misma mesa con los ricos y compartir, sin odios, los mismos manjares. Y todo sin necesidad de recurrir a la violencia. Todo, desde una nueva conciencia del valor y la dignidad de la persona, de toda persona,  y con toda la confianza puesta en la fuerza transformadora del amor.

Su sueño se había venido abajo como un castillo de naipes. Después de lo sucedido huían. Huían como hacen siempre los fracasados, los desilusionados. Huían, como hacemos todos, cuando desbordados por los acontecimientos o fracasados en nuestras ilusiones y proyectos nos refugiamos cada uno en nuestra cueva.

Nuestros viajeros huían camino de Emaús, buscando un lugar tranquilo donde refugiarse, serenarse del vértigo sufrido y curar heridas al abrigo de miradas burlonas y encuentros ingratos que pudieran avivar recuerdos dolorosos. «Nosotros  esperábamos...»,  se decían una y otra vez, como resistiéndose a aceptar lo acontecido. Les dolía lo sucedido a Jesús, el hombre en quien habían puesto toda su esperanza y que había terminado condenado y ejecutado de la forma más brutal. Y les dolía, sobre todo, el silencio de Dios. Si Dios es Dios y está del lado de los pobres e indefensos, ¡cómo es posible que haya permanecido así de mudo y de pasivo...!

No podían acallar el grito dramático de su maestro crucificado: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?». Un grito identificado con todas las víctimas de la historia. Un grito reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas?, ¿dónde estás?, ¿no vas a responder a los gritos y quejidos de los pobres y de los que sufren siendo inocentes.

De pronto, se les une un viajero inesperado. El tema de conversación es inevitable. «Nosotros esperábamos..., y ya han pasado tres días». Un fracaso. Pero el nuevo viajero toma la palabra, les da un repaso por la Escritura y les dice que ha pasado lo que tenía que pasar, que la vida se gana entregándola  y que la vida que se entrega no se pierde.

Llegados a la casa, sentados a la mesa, tomó pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Aquel gesto despertó la memoria y abrió lo ojos a los viajeros.

«Lo reconocieron al partir el pan». Era Jesús. No había sido vencido. Dios había roto su silencio, estaba con él y lo había resucitado.

Emaús dejó de ser refugio de desilusionados que huyen y pasó a ser lugar de retorno y símbolo de otra manera de escribir la historia. No triunfan los que matan, sino los que dan la vida. Mientras haya pobres, hambrientos, excluidos, los que se proclaman vencedores serán perdedores, pues han perdido ya su propia dignidad al permitirlo. Y mientras haya hombres y mujeres que creen en la dignidad de la persona y en la fuerza   transformadora de la justicia y del amor, aunque parezcan muchas veces perdedores y abandonados hasta de Dios, están escribiendo la historia de los que abren caminos de vida para todos.

Para quienes creemos en Jesús, una historia que nos hace pasar del desencanto a la esperanza, de la indiferencia a la compasión, del individualismo a la solidaridad que nace de la Pascua. Para quienes sólo creen en el hombre, una historia increíble que puede, sin embargo, ser también ocasión para renovar la esperanza.

Con palabras del Papa Francisco -«no os dejéis robar la esperanza»-, ¡feliz Pascua!

 

 

 

 

 
 

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