ROSTROS Y RASTROS DEL PARO

 

Acabamos de conocer los últimos datos del paro que nos deja Agosto.  Más de 61.000 personas han pasado a incrementar el número de los parados, ese número que ronda los 4.000.000  y que tiene a más de 1.300.000 familias con todos sus miembros en edad de trabajar parados.

El dato, aunque rápidamente eclipsado por otros más mediáticos, ha dado en los últimos días para todo tipo de valoraciones de los políticos, los economistas y los comentaristas de los medios de comunicación. Que si es mayor o menor que el de años anteriores, que si es muy negativo o más positivo de lo que se esperaba, que si es un indicador de que la crisis remite o de que la crisis persiste, que si es fruto del ajuste económico o de la estacionalidad del empleo...

Yo no quiero hacer valoraciones estadísticas ni económicas o políticas. Mi reflexión quiere ser, sobre todo, antropológica. Y lo que quiero recordar hoy es que cada cifra, cada dato, responde a rostros humanos, a vidas de personas que sienten, gozan, sufren, sueñan, aman, esperan.

Las estadísticas nos dan los datos fríos, los números. Y los datos y números no sienten ni sufren. Pero una lectura de los informes que no sea capaz de situarse empáticamente en relación con las vidas humanas a las cuales hacen referencia, acaba por objetivar tanto la realidad que puede llegar  a fosilizarla convirtiendo a las mismas personas en un objeto.

Los datos nos indican que en nuestra sociedad hay muchos miles de mujeres y hombres, viejos y jóvenes que sufren. Unos porque viven sumergidos en estos sufrimientos desde toda la vida. Otros porque no han disfrutado de las ventajas que ha llevado asociada la sociedad del bienestar, de los derechos humanos y de los seguros a todo riesgo. Otros porque han caído en marcha del tren del desarrollo,  después de gustar sus mieles, y contemplan cómo los convoyes del bienestar cada vez se alejan más de ellos.

Son las víctimas de la crisis y del paro que estamos sufriendo. Muchos nunca imaginaron que les podía llegar a ellos esta situación. En una época de su vida disfrutaron de las ventajas del trabajo estable, iban pagando las hipotecas, avalados por el dinero que esperaban ganar, y abrieron créditos fáciles para pagar largos fines de semana, vacaciones transcontinentales, celebraciones frecuentes y dispendios adicionales. Casi sin enterarse y sin capacidad para reaccionar, todo se les ha hundido de repente. Ha aumentado el paro y un gran número de personas y familias han tenido que dejar sus casas, reducir drásticamente sus gastos, no pueden devolver los créditos, deben dinero a terceros y se ven en serias dificultades para comer, pagar la luz, el agua o el teléfono.

Y todo ello con graves repercusiones en el ámbito interior y espiritual de las personas, como constatamos en Cáritas: la incertidumbre, la angustia, la inseguridad, las pesadillas, los complejos, la pérdida de autoestima, la desconfianza, la impotencia, las evasiones, la soledad, los desengaños, las frustraciones...

También es verdad que en otros casos la precariedad hace surgir y pone al descubierto las dimensiones más valiosas del ser humano: la acogida, la ayuda mutua, la generosidad, la capacidad de cambiar y reorientar la vida. Pero también sucede lo contrario: la necesidad puede crear urgencias de tal magnitud que conducen al enfrentamiento, al engaño, a pagar con la misma moneda, a la mutua explotación.

Estas situaciones tienen que recordarnos que cada persona, sea quien sea, tiene que poder vivir en el mundo con aquella dignidad que le viene dada con la vida misma. La tierra no “pertenece al viento”, como ha dicho uno de nuestros dirigentes políticos, con una expresión que puede resultar ocurrente, agnóstica y hasta poética. Claro, así se explica la facilidad con que a los compromisos y derechos fundamentales se los lleva el viento. Pero no. El mundo ha sido creado para todos, no para el caprichoso viento ni para una selecta minoría. Y los bienes son patrimonio de todos, de modo tal que el derecho a  la propiedad queda supeditado al derecho a sobrevivir, por más que en nuestra cultura nos hayamos quedado más con el derecho romano a la propiedad que  con el derecho cristiano a vivir con dignidad.

Tomar conciencia de esto nos lleva a descubrir que tras las cifras se esconden rostros humanos y familias enteras que sienten, sufren y esperan. Rostros que nos hablan de la necesidad que sienten de misericordia, de bondad, de compasión, de acompañamiento y, sobre todo, de justicia y también de gratuidad.

Tal vez tengamos que empezar por aquí si queremos revertir las estadísticas que, a juzgar por la tinta que generan, tanto parece que nos inquietan y  preocupan.

Vicente Altaba
Delegado Episcopal de Cáritas Española
            En Diario de Teruel

 




 
 

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