VISITA A LA MADRE DE COVADONGA
EN EL CENTENARIO DE SU CORONACIÓN CANÓNICA

29/08/2018 - Teruel

Son las seis de la madrugada y el sol no despunta, todavía, sobre los fatigados campos del río Jiloca; un grupo de peregrinos procedentes de Gea de Albarracín,  Berge, Cuevas de Almudén, El Pedregal, Villafranca del Campo, Fuentes Claras, Torrijo del Campo, Blancas y Monreal del Campo, se dispone a comenzar su viaje hacia los montes de Covadonga; allí nos esperaba una gran cita, una gran visita: vamos a la casa de la Madre que nos dio la vida.

Por fin, un rayo de sol rojo y cálido, apunta directo a los ventanales del autobús donde viajamos; casi dormidos y en silencio,…un pensamiento en todos y cada uno de nosotros: ¿cómo será el trayecto?, ¿a quiénes conoceré y por qué?, ¿con quiénes me unirá el destino?, ¿por qué he venido?, ¿quién me ha llamado?...

El autobús, avanza silencioso, sin titubeos, sobre sus cuatro gigantes de goma que, de repente, ya se detienen en nuestro primer punto de ruta:” Burgos”, ciudad elegante donde descansa, a sus pies, la bella Catedral que alberga a Don Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador que tantas batallas libró. Tras un breve descanso, continuamos camino y llegamos a Oviedo, ciudad sobria en la tarde, por la niebla, pero risueña y embellecida por su majestuosa Catedral.

…Y cada vez más cerca de una ilusión, cada vez, ya, más cerca de una visita ansiada: la Virgen de Covadonga, “la Santina” como cariñosamente la llaman; un tañido de campanas en la Basílica nos recibe con una melodía, y cada nota va plasmando al viento húmedo estas letras sonoras: “tomad Virgen Pura nuestros corazones, no nos abandones, jamás, jamás”…

Y jamás imaginó este grupo de peregrinos encontrar tan bello lugar y tan bella Dama, y tan bello silencio en la “Cripta de Covadonga”; frente a ella, un arco excavado en la roca con tres cruces, nos abren paso y nos dan la bienvenida, y nos reciben con una mirada a la Nada y al Todo, a la tristeza y a la alegría, a las preguntas y a las respuestas dubitativas, al principio y al fin como el principio y el fin se sostiene en la Cruz de la Victoria que el Rey Pelayo empuña en lo alto de los montes de este lugar .

Tras la visita a la Madre, culminamos el día con la ascensión a los “Lagos de Covadonga” donde tuvimos un rato de diversión y regocijo, de charla, de risas y un espacio de encuentro con la naturaleza por compañera.

De vuelta y finalizada la jornada, un silencio abordó el autobús…¿miradas perdidas?, ¿recordando a la Madre?, ¿pensando en regresar algún día?...quizá sí; de cualquier modo, nuestro viaje no terminaba aquí…Al día siguiente “Santo Toribio de Liébana” esperaba en la cumbres de los Picos de Europa y allí un regalo, una gran sorpresa que ninguno de nosotros esperaba: besar el trozo más grande de la Cruz que albergó a Cristo en su muerte: el Lignum Crucis. Solo si se besa con un beso de alma, se puede recibir, el beso que besó, también,  en aquel instante, a nuestro corazón.

Y…es que... aquella Cruz también nos abrazó, y… con aquel cálido abrazo nos marchamos hacia la localidad de “Potes” donde degustamos el sabor de sus platos y sus gentes en comida de hermandad; más tarde, la siesta nos invitó  hasta el mar, hasta  “San Vicente de la Barquera” donde el gran pescador de nuestra parroquia supo dibujar y pintar la sonrisa en esa barca en la que todos íbamos con gran contento; una barca a la que le puso motor con sonido moderno del siglo XXI, varándola a buen abrigo, con buen manejo del timón, y… supo hablar, y supo escuchar y supo decir: aquí estoy para lo que necesitéis, aquí estoy para lo que queráis, aquí estoy para vosotros…

Y con ese motor imparable hacia la libertad, tras un descanso en “Torrelavega”, nos condujo, al día siguiente, marcando el rumbo, hacia otro puerto; esta vez al nacimiento del río Ebro donde nos esperaba la Virgen del Pilar; la Madre que nos dio la bienvenida en Covadonga, ahora nos esperaba, al final del viaje, en “Fontibre”, ¡qué curioso!...allí la encontramos de nuevo, sobre su gran pilar, dando vida a la vida, porque es aquí donde cobran clamor esas aguas tranquilas y señoriales que lo elevan y lo besan.

…..Con gran añoranza y un cristal en nuestros ojos a punto de convertirse en lágrimas, nos despedimos de esta bella casa en Cantabria para llegar a otra en la Rioja, esta vez la última posada: “Santo Domingo de la Calzada”, población que nos abrió las puertas de su gran Catedral y nos contó su historia, y nos invitó a comer en su mesa, y nos despidió para partir a nuestro destino de origen, de donde vinimos, de donde partimos con el sol de levante y hacia donde regresaríamos con el de poniente, alegres y tristes al tiempo…dejando camino para los peregrinos de mañana, pasado y siempre…buscando siempre lo mismo: un no saber Qué y un saberlo Todo.

El destino quiso que, esta vez, fueran unos y no otros los que pisaran estos lugares pues solo los que fuimos, sabemos lo que trajimos en nuestra maleta de viaje a cambio de una visita, un brindis a la vida y un beso de alma a la madre de Covadonga.

¡Señora y Madre!...Hasta la vista! en otro puerto y en otra casa, pero la de siempre, la nuestra: nuestra casa!

 
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