PRACTICAR LAS OBRAS DE MISERICORDIA
Rezar por los vivos y muertos:
una forma de ser “misericordiosos como el Padre”

10/10/2016 - Iglesia en Aragón nº6

La Iglesia nos invita a orar por los vivos y los difuntos; pero, ¿qué es la oración? A través de los años, se han dado muchas definiciones; una de ellas la presenta el número 2559 del Catecismo de la Iglesia, donde afirma que es “…la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes”; y como Santa Teresa del Niño Jesús decía: “Es un impulso del corazón”, con el cual se puede interceder ante Él

A) Rezar por los vivos

Muchas veces una persona se acerca a otra para decirle: “Rece por mí”, o bien “Rece por mi hermano, amigo, o abuelo”; quizás porque hay algún problema que le está afligiendo, le hace caer en la desesperanza y en algunos casos ir perdiendo el sentido de la vida; y tiene la confianza de pedirle a la otra persona que interceda ante Dios, pues cree firmemente que Él escucha las súplicas que se le envían.
Pero, ¿cómo saber si las oraciones de verdad son escuchadas por el Padre? En numerosos pasajes de los Evangelios, Jesús mismo invita a las personas que le seguían a que pidieran confiadamente al Padre, porque sabe que su Padre realmente escucha las súplicas y las atiende según sea Su Voluntad. En estos ejemplos se demuestra cómo quien se acerca a Jesús y pide al Padre por otras personas, Este escucha a su Hijo y concede lo que aquel esté necesitando.

B) Rezar por los difuntos

Con la venida de Jesucristo al mundo, Dios deja claro que después de la muerte al hombre le espera, ya sea contemplar Su Gloria en el Cielo o el “llanto y rechinar de dientes”, es decir: el Infierno. Por lo tanto, si una persona cree en Cristo, sin importar que sea católico o no, necesariamente debe creer en las palabras escritas en el Nuevo Testamento, pues en este se da la plenitud del mensaje de salvación desarrollado progresivamente en los libros del Antiguo Testamento… Cristo vino a darle plenitud a la ley. (Cf. Mt 5:17). Cristo hace esto porque sabe que es igual de importante pedir por los vivos que por los muertos, pues Él de la misma manera está dispuesto a acoger con ternura las súplicas y a actuar según Su Voluntad.  

Los sufragios por los difuntos: Cuando una persona muere, ya no es capaz de hacer nada para ganar el cielo; sin embargo, los vivos sí podemos ofrecer nuestras obras para que el difunto alcance la salvación. Con las buenas obras y la oración se puede ayudar a los seres queridos a conseguir el perdón y la purificación de sus pecados para poder participar de la gloria de Dios   

A estas acciones y oraciones se les llama “sufragios”. Sufragio es sinónimo de ayuda, favor, socorro, etc. Entre las obras de sufragio por las almas de nuestros difuntos, hay tres que tienen un efecto maravilloso: la Santa Misa, la Oración y las Indulgencias.

1ª) El mejor sufragio es ofrecer la Santa Misa por los difuntos.

La Ordenación General del Misal Romano (OGMR) trata, en sus apartados 379 al 385 sobre la Misas de difuntos. Dice así: El sacrificio eucarístico de la Pascua de Cristo lo ofrece la Iglesia por los difuntos, a fin de que, por la intercomunión de todos los miembros de Cristo, lo que a unos consigue ayuda espiritual, a otros acarrea  el consuelo de la esperanza.

Entre las Misas de difuntos, la más importante es la Misa exequial. Se entiende por Misa exequial ─del latín exsequi, exsequia que significa seguir, acompañar─ aquella en la que la comunidad cristiana acompaña a sus difuntos y los encomienda a la bondad de Dios.
         
También la Misa del primer aniversario del fallecimiento tiene una especial consideración litúrgica.

Las otras Misas de difuntos, o Misas cotidianas, son en las que solamente se hace mención del difunto  en las oraciones. La Iglesia también ha instituido un día, el 2 de noviembre (conmemoración de todos los fieles difuntos), para que se dedique, especialmente mediante la celebración de la Eucaristía, a la oración por aquellas almas de nuestros difuntos que han dejado la tierra y aún no llegan al cielo.

2ª) La tradición de la Iglesia ha exhortado siempre a orar por los difuntos.

Como ejemplos concretos de oración por los difuntos la Iglesia recomienda el rezo del Rosario u otras acciones litúrgicas, la visita a los cementerios, el cuidado de las tumbas,  el recuerdo del aniversario de la muerte, del cumpleaños, de su onomástica, una pequeña luz (lámpara encendida), flores,…  como testimonio de esperanza confiada, a pesar del dolor por la separación de los propios seres queridos. La muerte no es la última palabra sobre el destino humano, puesto que el hombre está destinado a una vida sin límites, que encuentra su plenitud en Dios. Si se trata de “Cenizas” (caso de cremación de cadáver) no tenerlas en casa ni esparcirlas, sino depositarlas en el cementerio o el “columbario” preparados para este fin.

Por esto, el Concilio Vaticano II subraya que "la fe, apoyada en sólidos argumentos, ofrece a todo hombre que reflexiona una respuesta a su ansiedad sobre su destino futuro, y le da al mismo tiempo la posibilidad de una comunión en Cristo con los hermanos queridos arrebatados ya por la muerte, confiriéndoles la esperanza de que ellos han alcanzado en Dios la vida verdadera" (Gaudium et Spes, 18).

3ª) Las Indulgencias.

La “indulgencia” es una remisión de una pena temporal, adeudada por los pecados, que la Iglesia concede bajo ciertas condiciones al alma en gracia, aplicándole los méritos y las satisfacciones abundantes de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos, los cuales constituyen su tesoro y por lo cual anulan sobre la tierra en todo o en parte la deuda de un alma anulándola también en el cielo. Hay indulgencia «Plenaria» y «Parcial». Para “recibir” la indulgencia es necesario estar en estado de gracia y tener la intención de ganarla. Por la Comunión de los Santos podemos socorrer a los difuntos, la Iglesia nos da la facultad de aplicarles este inmenso tesoro de misericordia, reduciendo así sus penas que son la satisfacción de las culpas cometidas durante la vida presente.
 
Entonces, ¿para qué orar por los vivos y por los difuntos? Oramos por los vivos para que Dios, en lo infinito de su Amor y Misericordia, devuelva la esperanza, la ilusión, las ganas de vivir a aquellas personas que las han perdido, que han caído en la miseria. Y oramos por los difuntos para que Él, en su infinita Bondad y Misericordia, acelere el proceso de purificación del alma en el purgatorio. De esta manera se espera que acoja más prontamente en su Santo Reino a los que han partido de este mundo y les conceda gozar de la Vida Eterna que es la meta a la cual todos los cristianos aspiran alcanzar.
Este Año de la Misericordia es una excelente oportunidad para poner en práctica esta obra de “orar por los vivos y los difuntos”, y así ser como el Padre, rico en Ternura y Misericordia, el cual, por medio de su Hijo ha prometido: “Dichosos los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 7:7).

Avelino José Belenguer Calvé
Delegado Episcopal de Liturgia

 
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