LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

 

Noviembre, para los cristianos, arranca con gran intensidad. La celebración de la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles difuntos, los días 1 y 2 de Noviembre, marcan la vivencia del Pueblo de Dios en este mes otoñal.

La fiesta de Todos los Santos es una celebración en honor de todos aquellos que duermen el sueño de la paz y que están ya en el cielo, incluyendo los muchos santos “anónimos” que no han sido ni serán nunca canonizados, pero que ya están contemplando, cara a cara, el rostro amoroso de Dios.

¿Pero qué sentido tiene esta fiesta?  Las lecturas de la misa de ese día nos pueden ayudar a comprender la propuesta de la Iglesia. El Evangelio nos narra el inicio del sermón de la montaña en el que Jesús nos propone las Bienaventuranzas. Los ocho tipos de personas que son llamados dichosos o bienaventurados son, en definitiva, los santos. Por eso, en lugar de decir "bienaventurados los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz y los perseguidos por causa de la justicia", bastaría con haber dicho bienaventurados los santos. Porque cada una de esas categorías de personas es camino de santidad. Los pobres de espíritu son los santos, porque su verdadera riqueza es Dios. Santos son los mansos, porque la mansedumbre o humildad es la actitud propia de los hombres ante su Dios. Santos son igualmente los que lloran, porque son lágrimas de dolor por el sufrimiento desgarrado de la humanidad y de arrepentimiento por los propios pecados y por los de los hombres, sus hermanos.

Así podríamos seguir contemplando a los bienaventurados del texto del evangélico. Pero esa mirada hacía ellos nos interpela a nosotros. El fin que ellos ya han alcanzado, la dicha de la que gozan, se convierte para nosotros en meta a conseguir y nos ayudan a entender el sentido real por el cual fuimos creados por Dios: gozar eternamente con Él contemplando su rostro. La Iglesia el día de Todos los Santos se goza en sus santos y nos alienta a cada uno, desde la exigente propuesta de las Bienaventuranzas, a imitarlos.

Tras la gran fiesta del día uno, conmemoramos a todos los fieles difuntos recordando a  nuestros hermanos que nos han precedido en este mundo y ya no están entre nosotros, el día 2 de Noviembre. Es un día propicio para rezar por nuestros seres queridos ya fallecidos. La Iglesia ofrece la Eucaristía y su intercesión por los difuntos, no solo en su funeral  y en su aniversario, sino también en la Conmemoración que cada año se hace de los mismos. De esta manera, mediante la comunión entre todos los miembros de Cristo, mientras se implora para los difuntos el auxilio espiritual, se brinda a los vivos el consuelo de la esperanza.

En mucho de nuestros pueblos y ciudades estos días las familias cristianas se acercan a los cementerios, donde reposan los restos de sus seres queridos, para desde allí elevar una oración al Señor por el eterno descanso de los mismos. Os animo a continuar con esta hermosa tradición cristiana y me uno a vuestra plegaria encomendando, de un modo especial, a todos los fallecidos en este último año. ¡Descansen en paz!

            + Carlos Escribano Subías,
           Obispo de Teruel y de Albarracín

 

 



 
 

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