Francisco, un Papa que nos sorprende
desde la sencillez y los pobres

 

Vicente Altaba
Delegado Episcopal de Cáritas Española
Publicado en Diario de Teruel el día de la inauguración del Pontificado

Poco a poco vamos superando la sorpresa y saliendo del desconcierto. Y es que una vez más el Espíritu en la Iglesia ha desbaratado los cálculos humanos y cuando ya los pronósticos no contaban con el cardenal Jorge Mario Bergoglio entre los más firmes candidatos  o papables, nos hemos sentido sorprendidos al oír anunciar su nombre en la ventana de la logia vaticana.

Al inicial desconcierto que en muchos provocó su nombre y su figura, se sumó su gesto sobrio y sereno, casi estático, su silencio que por momentos se nos hacía largo y un primer mensaje que nos llegó más por pequeños gestos que por elocuentes palabras. Unos gestos que hemos tenido que ir contemplando y meditando para percibir poco a poco y en silencio que algo nuevo, diferente y sorprendente se nos mostraba en el nuevo rostro del sucesor de Pedro, de modo que bien podemos decir con Isaías: “algo nuevo está brotando, ¿no lo notáis”.

La primera novedad nos venía dada por su nacionalidad y sus orígenes. El Papa venía de otro continente. Por primera vez en la historia, América Latina, el continente con mayor número de cristianos, daba un Papa a la Iglesia universal. Además era argentino e hijo de un ferroviario. Habían ido lejos sus hermanos cardenales, como él mismo dijo, a buscar al Obispo de Roma. Es la hora del continente latinoamericano.

Tengo que confesar que me sentí particularmente conmovido al tener un Papa de un pueblo y de una Iglesia, Argentina, donde tuve la dicha de vivir y trabajar como sacerdote durante diez años. Un Papa de una tierra a la que considero mi segunda patria. Sin embargo, no le conocía personalmente, pues cuando yo regresé a España no era un personaje conocido ni en los ámbitos eclesiales ni sociales. Sí le conocí en mis viajes a Argentina y por el testimonio de muchos amigos, cristianos de la Archidióceis de Buenos Aires. Algunos de ellos me llamaron por teléfono o se comunicaron conmigo por internet esa misma noche para compartir la alegría de la noticia. El testimonio de todos ellos era unánime: es un hombre muy sencillo y austero; es muy cercano al pueblo; le llaman “colectivero”, pues viaja normalmente en colectivo –así llaman al autobús- o en subte, como se llama al metro; muy sensible a los problemas de las “villas miseria” –son las zonas de chabolas-, es decir a los más pobres y excluidos; y como buen jesuita, un hombre muy preparado por sus estudios de química y su formación filosófica y teológica.

Por el nombre elegido, Francisco, intuimos enseguida que quiere seguir la estela del pobre de Asís en la pobreza y el servicio a los pobres como signo de servicio a la humanidad e instrumento de renovación de la Iglesia. Un signo de coherencia espiritual con su estilo de vida y con su estilo pastoral de hacer de los pobres los destinatarios preferenciales de la misión. Y un signo de identidad y credibilidad del Evangelio. Un signo cuyo significado él mismo ha develado: “quiero una Iglesia pobre y para los pobres”.

Tres gestos resultaron especialmente sorprendentes y significativos en su primera aparición pública: El recuerdo a su predecesor, Benedicto XVI, y la oración por él, signo claro de comunión fraterna y de sucesión apostólica. La Iglesia no empieza con él, viene a seguir los pasos de quienes le han precedido en el ministerio. Pero mirando adelante: “hay que andar”, dijo al día siguiente a los cardenales.

Otro gesto sorprendente fue el hacerse bendecir por el pueblo antes de bendecirlo él. Un gesto verdaderamente sorprendente y maravilloso: El Papa inclinado ante su pueblo, como poniéndose a sus pies, y pidiéndole que lo bendiga y que pida para sobre él la bendición de Dios, para después poder bendecirlo.

Un tercer gesto de elocuente sencillez que habrá pasado a más de uno desapercibido fue el de sus vestiduras. Apareció vestido únicamente con sotana, fajín y esclavina blancas. Sólo se puso la estola bordada para bendecir al pueblo e inmediatamente se la quitó.

Y un cuarto signo a considerar fue el silencio. Alguno podría llegar a pensar que no tenía nada que decir o que se le había olvidado el discurso. Evidentemente no era ese el motivo. Se hace silencio para orar y para escuchar y ese, sin duda, era el significado del suyo: Orar a Dios y escuchar a su pueblo. Y podríamos señalar otros gestos más.

Sus palabras fueron pocas, muy pocas, pero significativas: Una repetida invitación a la “oración”, una definición de su ministerio como “ministerio de la caridad” y una alusión “al servicio de la evangelización”. Tres claves que pueden definir y dar pleno sentido a su ministerio: Oración para vivir desde la comunión con Dios  y al soplo del Espíritu, caridad para servir a los hermanos, especialmente a los más pobres, y anuncio de la buena noticia del Evangelio para comunicar vida y esperanza, pues en Cristo está la vida y la esperanza de la humanidad.

Tengo la sensación y me atrevo a manifestarla, que este Papa nos va sorprender en su ministerio de muchas maneras: Nos va sorprender con gestos permanentes de sencillez, de humildad y de cercanía. Espero ver cambiar muchas cosas en la curia vaticana. Nos va a sorprender con gestos proféticos de amor y servicio a los pobres y mostrándonos una Iglesia que se deja evangelizar y transformar por ellos. Nos va a sorprender poniendo el corazón y la fuerza en el Evangelio y desde él relativizando todos los otros poderes y grupos de presión o de poder. Nos va a sorprender actuando con mucha libertad frente a instituciones económicas y políticas, como ha hecho en Argentina. Nos va sorprender promoviendo la participación y la colegialidad en la Iglesia. Y nos va a sorprender alentando permanentemente la esperanza ante tanta desilusión y desencanto como genera la crisis, como ya dijo en Buenos Aires:  “es criminal privar a un pueblo de la utopía o, dicho en cristiano, es criminal privarlo de la esperanza”.

Me gustaría también que en este momento histórico carente de referentes y líderes sociales y morales, nos sorprendiera sabiendo acompañar a nuestro mundo tan desorientado y desquiciado en la búsqueda de un nuevo modelo económico y social capaz de crear comunidad y hacer posible la justicia y el trabajo en favor del bien común y de la paz.

Esperemos que no le falte el aliento del Espíritu y el apoyo no sólo de los curiales romanos, sino de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Ojalá caigamos todos en la cuenta de que no estamos en momentos de destruir y arrasar o de tomarnos todo a mofa, sino de unir esfuerzos con seriedad y desde valores serios de respetuosa convivencia en favor de un mundo en el que sea posible la experiencia de la fraternidad, porque, como él ha dicho, “en una situación de crisis económica y social lo primero que hay que recuperar es la inquietud de saber hacia dónde vamos, qué modelo de sociedad queremos construir y sobre qué valores la queremos asentar”.

 

 

 

 

 
 

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